CAPÍTULO 15
LA CUESTIÓN DEL COSTE

Consideraciones generales

Uno de los mayores fracasos de la política económica del pasado ha sido su incapacidad de tener en cuenta o medir con precisión la totalidad de los costes externos que se imponen al medio ambiente. Desde tiempos históricos, el ecosistema terrestre se ha tratado como una fuente inagotable de materias primas, energía, agua etc.
Se consideraba que los ingresos de la sociedad (o su PIB) dependían exclusivamente de los recursos del capital y de la fuerza de trabajo. En la actualidad, sin embargo, ha quedado claro que los ingresos presentes y futuros de la sociedad, así como la producción continuada de bienes y servicios, no dependen tan sólo de la disponibilidad de capital y fuerza laboral sino también de los recursos naturales y del medio ambiente. De no tomar debidamente en consideración el coste y el valor del medio ambiente y la política ambiental, se puede llegar a una visión totalmente errónea de la riqueza y los ingresos de la sociedad y de su auténtico potencial de desarrollo sostenible.
Las políticas destinadas a promover un desarrollo económico están condenadas, en último término, al fracaso si no incluyen la dimensión ambiental como componente integral. Los cambios climáticos, la acidificación, la desertización, las inundaciones, la contaminación y los residuos tóxicos - todos estos problemas que tanto nos preocupan en nuestros días se remontan, en mayor o menor medida, a actuaciones poco previsoras, mediante las que se buscaba un beneficio económico, y que no tuvieron en cuenta los costes ambientales a largo plazo. Del mismo modo que una empresa seria se propone mantener y aumentar su activo e invierte en instalaciones, expande la producción, adquiere nuevos equipos y mejora la calidad de los servicios a fin de cuidar su salud a largo plazo, también nuestro planeta requiere un determinado tipo de «inversiones» para mantenerse como ecosistema sano y asegurar un crecimiento económico sostenible, a largo plazo. Las generaciones futuras dependen de las inversiones que hagamos ahora. Si no realizamos estas inversiones a tiempo, ello podría conducir a la bancarrota de regiones enteras y, en última instancia, de la propia civilización.

Dificultades prácticas a la hora de evaluar el medio ambiente y conservarlo

En primer lugar, no es posible indicar el «coste» potencial que el Programa representará, en su conjunto, para los Estados miembros, las autoridades regionales y locales y los agentes económicos. Si nos hemos de creer el concepto de desarrollo sostenible, los beneficios últimos deberán ser, a la larga, mayores que los llamados costes. En este contexto, el apartado 3 del nuevo artículo 130R obliga a tomar en cuenta, en todas las ecuaciones de este tipo, el coste real de la «falta de acción»; si no se tienen en cuenta los costes de la «falta de acción», las decisiones acusarán un sesgo contrario a una respuesta política óptima en cuanto a su carácter sostenible. No obstante, aparecen unas cuantas dificultades prácticas:

i) Frecuentemente, se carece de información sobre el estado físico del medio ambiente, o la información es insuficiente. No se tiene certeza de los límites de tolerancia del medio ambiente.

ii) Los costes de los daños al medio ambiente (o los beneficios de su reparación) y los costes de la «falta de acción» son difíciles de determinar. Los métodos de cuantificación están en fase experimental.

iii) Para medir el valor del medio ambiente para las futuras generaciones debemos elegir un parámetro de valoración apropiada, lo cual constituye en si mismo un tema controvertido.

iv) A diferencia de las empresas, que emplean el dinero como unidad común de medida, no existe ninguna unidad para las variables ambientales. Ello significa que es difícil comparar entre sí los auténticos costes de oportunidad que supone la mejora de una variable ambiental frente a otra. 
Además, dado que algunas amenazas para el medio ambiente lo son igualmente para la salud humana, y que, en última instancia, todas las variables ambientales están ligadas entre sí, la política de medio ambiente requiere un planteamiento integrado global.

v) Las opciones de la Comunidad en materia de política pública no se rigen únicamente por los costes y beneficios ambientales (aún siendo éstos mensurables), sino por otros principios establecidos en el Tratado (por ejemplo, los principios de precaución y prevención, la cohesión social etc).

Al mismo tiempo, conviene dejar claro que determinados aspectos del medio ambiente no tienen precio, o pueden no tener precio, y consecuentemente pueden no ser adecuados para los mecanismos económicos normales de fijación de costes tales como el análisis coste/beneficio o el libre juego de las fuerzas de mercado. Ejemplos de ello serían el nivel adecuado de calidad del agua potable, el último elefante o panda gigante, el canto de los pájaros, algunos aspectos del patrimonio cultural. En los casos en que no es posible realizar la evaluación económica y la determinación de los costes de forma satisfactoria, la evaluación cualitativa representa una herramienta indispensable para acelerar la plena integración de las consideraciones ambientales en el proceso de toma de decisiones y lograr la transición hacia el desarrollo sostenible. A tal fin habría que seguir desarrollando y afinando instrumentos tales como los indicadores ambientales y las evaluaciones del impacto ambiental.
Con ello no queremos negar la importancia de determinar los costes de las políticas y los programas de medio ambiente. De conformidad con el Tratado, se llevará a cabo un análisis de los costes y beneficios potenciales de la acción y la falta de acción cuando se elaboren propuestas oficiales específicas en la Comisión; se tomarán todas las medidas posibles por evitar la imposición de costes desproporcionados y por garantizar que, a la larga, los beneficios sean superiores a los costes.

Perspectivas de futuro de la evaluación del coste

Debe pues elaborarse, lo antes posible, una estrategia amplia y equilibrada de fijación de objetivos y de su orden de prioridad, basada en una evaluación lo más completa posible de todos los costes y beneficios pertinentes. En esta misma línea, la selección de instrumentos debería ser tal que permitiera alcanzar los objetivos ambientales con un coste mínimo. Por lo que se refiere a esto último, la medida de los costes habría de incluir los costes administrativos o de recursos que sufraga el sector público, así como una evaluación económica de la merma de las existencias de recursos naturales y los costes que para las empresas y los hogares supone el cumplimiento. El siguiente plan de cinco puntos se presenta por adelantado como un conjunto de medidas que deberán adoptarse durante el plazo del Programa a fin de solventar las dificultades a las que nos hemos referido, y diseñar un mecanismo adecuado y eficaz de determinación de los costes que se preste al doble propósito de proteger el medio ambiente y propulsar el desarrollo sostenible:

- Como cuestión prioritaria, los políticos han de disponer de una información más completa sobre el estado del medio ambiente, de los indicadores pertinentes y de las capacidades de tolerancia, a fin de poder definir mejor los parámetros del desarrollo sostenible.

- Es necesario continuar la labor de investigación para valorar el medio ambiente y tenerlo en cuenta; debería fomentarse, siempre que sea posible, la coordinación internacional y el reparto de tareas en este ámbito. Deberían elegirse unos parámetros de valoración convenientes para salvaguardar los derechos de las futuras generaciones, tomando debidamente en consideración la incertidumbre y los riesgos.

- Habría que poner a punto urgentemente una metodología para delimitar la relación coste/beneficio que podría aplicarse a todos los proyectos y políticas que entrañen una dimensión ambiental. Se debería considerar la conveniencia de incluir o no los costes de los «proyectos extraoficiales de restauración del medio ambiente» en los análisis económicos de la relación coste/beneficio, y en qué condiciones deberían recibir un tratamiento preferente estos proyectos (p. ej., en condiciones de gran incertidumbre).

- Hay que determinar el coste, de la forma más completa posible, de todas las políticas ambientales de la Comunidad y de las demás políticas que inciden sobre el medio ambiente, teniendo en cuenta todos los costes y beneficios de la «acción» y la «falta de acción» de conformidad con el artículo 130R del Tratado. En la medida de lo posible, se debería establecer un orden de prioridad según la cuantía del beneficio.

- A partir de 1995, habría que disponer, en el marco de un proyecto piloto, de informes contables ajustados desde el punto de vista del medio ambiente (de forma que se tengan en cuenta las existencias en recursos naturales del aire, el suelo, el paisaje, el patrimonio etc), en todos los países comunitarios, con vistas a adoptarlos de forma oficial hacia el final de la década.

 

 
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