Domingo, 22 de abril de 2001 - Número 288
NUEVA
YORK.
CIUDADES
DENTRO DE LA CIUDAD
Los
pisos con las mejores vistas
410
METROS de altura, 190 ascensores, 16 restaurantes, 50 toneladas de
basura al día... Ahora las Torres Gemelas, los
terceros rascacielos
del planeta, albergarán apartamentos
FELIPE CUNA
Nueva York
Cuando cada mañana Vicente Ramos entra por la puerta del One World
Trade Center se siente el hombre más poderoso de esta inmensa ciudad
vertical que son las Torres Gemelas de
Nueva York. Puertorriqueño del Bronx, Ramos conoce estos dos gigantes
desde hace 30 años, cuando abrieron las primeras oficinas. Desde detrás
de su mostrador, es uno de los encargados de vigilar la entrada a esa
metrópoli de aluminio, cristal y hormigón que casi roza el cielo y en
la que habitan permanentemente unos 55.000 empleados de 600 compañías
internacionales, bancos, empresas de exportación e importación, firmas
de Wall Street y oficinas del Gobierno que tienen su sede en las dos torres
más famosas de todo el skyline neoyorquino.
Se trata de uno de los símbolos más conocidos de la Gran Manzana,
escenario predilecto de cineastas y una de las direcciones más nobles
del mundo, y Ramos no puede dejar de sentirse orgulloso de su World
Trade Center, que hoy vive la más feliz de sus épocas desde que, en
1976, el arquitecto Minoru Yamasaki colocó su última piedra.
Entonces su presupuesto original de 126.000 millones de pesetas de los
de la era de los 70 fue un emblema del despilfarro y de los excesos del
Gobierno y de sus gestores. Recientemente la Autoridad de Puertos de
Nueva Jersey y Nueva York, la propietaria de las Torres
Gemelas,
acaba de alquilarlas hasta el año 2100 por 585.000 millones de pesetas
a una compañía inmobiliaria que piensa introducir importantes cambios
en el complejo de edificios que forman el World Trade Center. El más
importante de ellos, incluir apartamentos con algunas de las mejores
vistas de la ciudad.
Nacidas originalmente en 1970 como un edificio para albergar negocios
relacionados con el comercio internacional, las Twin Towers se han
convertido, pues, en una de las zonas inmobiliarias más ricas del mundo
y con mayor posibilidad de crecimiento.
El One World Trade Center es una de las direcciones más apetecibles
para los inquilinos internacionales. Bancos japoneses, europeos,
latinoamericanos y canadienses, y compañías de Wall Street han ido
sustituyendo poco a poco a las compañías navieras y de comercio
internacional que se instalaron las torres
desde que comenzaron a ocuparse sus primeras oficinas al comienzo de los
años 70.Docenas de tiendas, una sastrería, floristería, tres librerías,
16 restaurantes de comida rápida, siete cafés y pastelerías y
establecimientos para regalos, viajes y turistas jalonan su entrada.
El Two World Trade Center es sede del Servicio de Aduanas, alberga
oficinas del FBI y de los Servicios Secretos, del Ayuntamiento de Nueva
York y de departamentos municipales que supervisan el tráfico, el medio
ambiente y la oficina de acción inmediata contra terremotos y atentados
con armas tóxicas.
El hermano pequeño, el Three World Trade Center, es sede del hotel New
York Vista, de 20 pisos, con 821 habitaciones, siete restaurantes y 10
salas de conferencias.
Son el armazón del jardín más caro de Manhattan. A 643.000 pesetas el
metro cuadrado, las torres
están mejor cotizadas que el Rockefeller Center, que, en pleno centro
de la isla, en el corazón de la Quinta Avenida, se paga a 562.000
pesetas por metro cuadrado.
Pero es que las Torres
Gemelas, con
su fina figura que se eleva sobre la zona del Battery Park neoyorquino,
a 410 metros de altura del suelo las terceras más altas del mundo detrás
de la Torre Sears de Chicago, también en EEUU (442 metros), y de las Torres
Petronas de Kuala Lumpur, en Malasia (452 metros) constituyen una ciudad
dentro de esta metrópoli inmensa de casi 13 millones de habitantes. El
complejo de dos torresy cuatro edificios que forman la plaza del World Trade Center, tiene su
propio código postal, una comisaría, una imprenta, una enfermería con
equipo de cuidados intensivos, cuatro líneas de metro, dos rutas de
autobuses que llegan hasta sus inmediaciones y genera por día la
electricidad de una ciudad de 40.000 habitantes.
También tienen su propio sistema de seguridad. Desde que el atentado de
un grupo de integristas islámicos en 1993 costó la vida a seis
personas y dejó más de 1.500 heridos, el complejo está fortificado
como un castillo del siglo XXI.
Para subir en uno de los 190 ascensores que tienen entre las dos torresalgunos de ellos controlados por un panel con 600 interruptores y
capaces de subir ocho metros en un segundo es necesario un pase especial
y cada día, desde las ocho de la mañana a las seis de la tarde, 5.000
personas tienen que hacer cola para poder entrar.
Los visitantes son fotografiados, su nombre revisado en un ordenador
conectado con el FBI para saber si está fichado en un banco de datos de
terroristas internacionales y se les da un pase que tienen que lucir en
todo momento. A partir de las seis de la tarde, ningún visitante puede
pasear por el edificio sin escolta de un guardia de seguridad que le
acompaña a la oficina adonde quiera dirigirse. En el garaje del segundo
subsuelo, con capacidad para 2.000 coches, hay detectores de metales, de
explosivos y medidores de peso que calculan la carga que lleva el automóvil
y hacen saltar la alarma si hay sospecha de que el vehículo tiene un
doble fondo.
Todos los días, 90.000 personas entran en sus tiendas, en el
observatorio, en los restaurantes y en el hotel y se unen a los 55.000
empleados que trabajan en el complejo.
Las torres
necesitan 8,5 millones de litros de agua al día, generan 50 toneladas
de basura y con el aluminio que enfunda su delgada silueta se podrían
construir 9.000 casas.
Pero no son los únicos datos espectaculares. La vida en las torres
es muy diferente si se ve desde el piso 110, el más alto, que si se
trabaja en el sexto subsuelo, donde están las cavernas de este inmenso
edificio que ocupa 1,1 millones de metros cuadrados de espacio.
Los operadores de los ascensores de carga, más lentos, pueden tardar
una hora en subir desde los subsuelos hasta la torre de la antena que
avisa a los aviones de su presencia.
En el tejado, los empleados que se encargan de limpiar las 21.800
ventanas tienen una de las vistas más conocidas y deseadas del mundo.
El edificio tiene un collarín exterior de vías de tren horizontales
por el que ruedan unos pequeños coches similares a los trenes en
miniatura y que llevan de lado a lado de las torres
a los limpiadores.
Desde el piso 107, donde se encuentra el observatorio y está emplazado
el exclusivo restaurante Windows Of The World, se ve el puerto, Brooklyn,
Verrazano Bridge, Staten Island, la Estatua de la Libertad, Ellis Island,
y el estado de Nueva Jersey. La misma vista que a comienzos del siglo XX
daba la bienvenida a los miles de emigrantes europeos en busca del
tantas veces truncado sueño americano.
A pesar de tan premonitoria panorámica, difícilmente imaginó Yamasaki
que su obra iba a convertirse en canon de construcción de torres
de oficinas en todo el mundo. Tenía miedo a las alturas y sufría de vértigo.
Tanto que nunca quiso ver su creación desde el piso de arriba y mirar
abajo
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