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La
corrosión es uno de los principales problemas que afectan a los puentes.
El hormigón reforzado con barras de acero, usado
en la construcción de puentes, es susceptible a la corrosión sobre todo
en la "cubierta", que es la porción más alta del puente y que se usa como
superficie de circulación. Las barras de acero que refuerzan al hormigón armado
en la superficie de rodamiento del puente están expuestas a la acción de la sal
utilizada como descongelante de la pista, ya que se filtra a través de las
grietas del pavimento. Por
ello, la superficie de rodamiento tiene que ser reemplazada cada 20 ó 30
años.
A medida que las barras de acero que refuerzan el hormigón se
corroen, se dilatan, produciendo la ruptura de pedazos de hormigón que se
disgregan de la superficie de rodamiento del puente. Esto ocasiona riesgos para
el tránsito de vehículos y una tendencia a aumentar la exposición de los
componentes subyacentes del puente a la sal esparcida en la pista, lo que
produce más corrosión. El agua salada en el acero contenido tanto en la porción
superior como en la inferior de la superficie de rodamiento, hace actuar a estos
niveles, respectivamente, como los polos negativo y positivo de una batería.
Este efecto de batería acelera la corrosión en la superficie de rodamiento del
puente. Una de las
soluciones que se han propuesto es reemplazar el acero en el hormigón
armado de la porción superior de la superficie con barras de polímero reforzadas
con fibra, con lo que se eliminaría uno de los polos y se
cancela el efecto.
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