Centro de almacenamiento de residuos
radiactivos: El Cabril
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En España, todos los residuos radiactivos de media y
baja actividad se almacenan en El Cabril, una antigua mina de uranio
abandonada ubicada en pleno corazón de la sierra cordobesa de Albarrana,
en el término municipal de Hornachuelos, propiedad de
Enresa (Empresa
Nacional de Residuos Radiactivos). Los residuos se almacenan en
superficie y no en profundos silos bajo tierra, en un modelo de
instalación importado de Francia.
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Las
centrales
centrales nucleares, así como los hospitales, las universidades y
los laboratorios (unas 600 instalaciones radiactivas en territorio
español), generan del orden de unos 3.000 bidones al año (más de 1.000
metros cúbicos) de material contaminado radiactivo, que son enviados a
El Cabril.
Actualmente, El Cabril, está a la mitad de su capacidad. De mantenerse
el presente ritmo de almacenamiento (un camión al día, 240 días al año),
en torno al año 2030 habrá colmatado su capacidad, tiempo insuficiente
para que las ansiadas centrales nucleares
de fusión, mucho más limpias, funcionen. Pero hasta el día en que
éstas funcionen plenamente, parece ser que la única alternativa pasa por
el aislamiento de estos residuos radiactivos en una especie de celdas de
hormigón, fabricadas a prueba de terremotos, esperando que las
radiaciones se vayan apagando con el paso del tiempo.
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Una vez que
los residuos radiactivos llegan a El Cabril, pasan por una sala de
verificación para comprobar, entre otras cosas, si la radiactividad que
contienen es la misma que dice el remitente. Posteriormente serán
separados y clasificados de acuerdo a su nivel de radiación.
El proceso
de traslado y almacenamiento de los residuos se realizada desde una sala
de operaciones de forma mecanizada. Por medio de una grúa mecánica, los
bidones nucleares, se introducen en un contenedor de hormigón armado, de
24 toneladas de peso. La maniobra se realiza mediante control remoto y a
una distancia de 50 m del lugar en el que se encuentra el operario. A
continuación el contenedor de hormigón es trasladado mediante una
gigantesca grúa, se introduce en una de las 28 celdas destinadas al
almacenamiento definitivo de residuos. La maniobra se realiza a una
distancia de 800 m de la sala de operaciones.
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Pero, ¿qué ocurrirá cuando El Cabril no pueda admitir
más volumen de residuos radiactivos?. Llegado ese momento, El Cabril
será cubierto totalmente con tierra, sobre la que luego se plantarán
árboles y matorrales autóctonos, de manera que el paisaje no se verá
afectado. Toda la masa de hormigón, diseñada a prueba de terremotos de
alta intensidad (grado 8 en la escala Richter), quedará sepultada bajo
tierra durante los 300 años, que los expertos estiman necesario para que
los residuos radiactivos de media y baja actividad dejen de emitir
radiaciones.
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El
problema de los residuos radiactivos
Aunque la energía nuclear,
aunque ya va siendo una industria muy madura, sigue sin encontrar una
solución totalmente satisfactoria al problema de sus residuos.
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La finca El
Cabril, ocupa una extensión superior a las 1.100 hectáreas, de las que
solo se ocupan 20: 10 destinadas a laboratorios, oficinas y una fábrica
de contenedores de hormigón y en las otras 10 hectáreas es donde se
ubican los dos cementerios, llenos a la mitad de su capacidad. El Cabril
fue inaugurado oficialmente en octubre de 1992, siendo actualmente
ampliado
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El
despliegue de seguridad en El Cabril también es máximo. Sensores vigilan
durante las 24 horas del día la calidad del aire. De producirse alguna
contaminación radiactiva, por mínima que fuera, la alarma saltaría y
todas las instalaciones, a excepción del cementerio, quedarían
automáticamente sellados, para evitar que las radiaciones se colasen
hacia otras zonas de la planta o salieran a la atmósfera exterior.
De
producirse un accidente, el grupo de Intervención Radiológica sería el
encargado de la evacuación del personal conforme a un plan establecido y
de la posterior descontaminación de las instalaciones. Bajo las dos
plataformas de 10 Ha de superficie sobre la que descansan los
contenedores de hormigón, discurre una red de túneles trufada de
sensores, alarmas y medidores de humedad y calor, sirve de chivato en
caso de emergencia. Si se detectase alguna filtración de agua, por
ejemplo procedente del agua de lluvia, se podría localizar al momento el
lugar de la fisura. Y lo mismo si se produjera una fuga radiactiva.
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Pero el futuro próximo va más allá: con la
nueva energía de fusión no habrá residuos radiactivos.
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